Este es el relato general que abducimos del concurso internacional convocado por la Asociación de vecinos de Mingorría 'La Tusa' con el título «Las estaciones de ferrocarril». Lo configuramos a partir de los 140 textos con los que concurrieron otros tantos autores, tal y como publicamos el domingo pasado. Con ellos creamos ahora un mosaico bullicioso de cuanto pasa en las estaciones de trenes, antiguos templos o foros públicos de la modernidad, hoy sobrepasados por los grandes centros comerciales.
Gracias a las impresiones de tan variado grupo de participantes tejemos un particular mundo literario que gira en torno de tan sugestivos espacios, los cuales son un hervidero de experiencias y sentimientos. Con ellos establecemos estrechos vínculos de remembranza, en torno a los cuales surgen multitud de historias que dejamos para la publicación del elenco literario de tan particular concurso.
De todo cuanto se nos cuenta en los numerosos relatos de la peculiar convocatoria con la que Mingorría quiso rendir homenaje a su centenaria estación tristemente demolida a principios de año, anotamos aquí interesantes pistas para una ruta mágica en el tiempo que traspasa las aventuras de nuestros singulares viajeros concursantes a los que acompañamos en peregrinajes sobrecogedores siguiendo los itinerarios que imponen los relatos presentados, sin orden y de forma aleatoria. Así, las ideas de todo cuanto aquí contamos está escrito. Solo combinamos expresiones y palabras haciendo un ejercicio de trasbordo expresivo, igual que ocurre en los intercambiadores de trenes y rondas de pasajeros en marchas circulares de ida y vuelta.
Cierto es que todo cuanto aquí decimos son aromas y fragancias que aspiramos al pronto, de repente, de la lectura que hemos hecho, sin añadir aditivos, cuando viajamos al modo que lo hacía Antonio Machado:
«Yo, para todo viaje / —siempre sobre la madera / de mi vagón de tercera—, / voy ligero de equipaje».
I. EVOCACIONES.
Por cuanto hemos leído, sabemos que las estaciones pueden ser lugares suspendidos en el tiempo desde donde se ve pasar la vida. Una mujer, esposa de un empleado muerto entre las vías, vuelve cada mañana a la estación que le recuerda a su hogar. Un ferroviario visita diariamente la estación abandonada que fue su vida anticipándose a su derribo. La anciana doña Emiliana mira la maleta de viaje que traía su marido cuando bajaba del tren donde le esperaba con paciencia. Es la misma maleta testigo de la existencia que pasa de padres a hijos, y su pesadez es el cúmulo de sus vidas que se hace liviana con la muerte y el olvido.
El maquinista Aquilino conduce la vieja locomotora hacia el desguace. Es el fin del hombre y la máquina mimetizados. En ese recorrido por las estaciones abandonadas, en el último tren camino del cementerio de hierro se agolpan los recuerdos de la niñez acompañando al padre, también maquinista. Y es que las estaciones son lugares de emoción y recuerdo, las cuales incluso cerradas permanecen siempre en la memoria. El tiempo retrocede y el tren del fin del mundo es final o principio de un viaje espacial. Una segunda vida a la estación clausurada permitió que fuera refugio y de jóvenes excursionistas.
En los trenes y estaciones se escuchan extrañas conversaciones. Jacinto sabe de la existencia de un cofre escondido en una vieja estación, botín de ladrones que resultó un chasco. La hija del guardabarreras despedido incendia la caseta del guardabarreras que iba a ser derribada en un acto de rebeldía y venganza. Algunos mozos organizan una quedada como halo de esperanza de vida en los antiguos andenes. Una cabaña es la fortaleza situada frente a las vías. Desde aquí ve pasar la vida a través de los viajeros que por allí transitan con recuerdo a Rubén Darío y una princesa vikinga.
La cantina ferroviaria regentada por una viuda guarda el botín sustraído a viajeros despistados por ladronzuelos. Un niño se obsesiona en juegos de trenes en una estación concurrida de viajeros. El robo es el modus vivendi de un joven que acaba en la cárcel. Como contraste, la muerte entre railes sigue acechando.
Las estaciones como refugio de indigentes despiertan la conciencia social y la reflexión moral, siempre tarde. Un maquinista de Valdepeñas se “encoña” con una pasajera y acaba solo y arruinado, recluyéndose en una derrumbada vivienda de ferroviario, frente a las vías donde nació y creció. En su decadencia solo le queda el sueño de haber sido conductor de trenes.
El viejo Simeone revive su existencia y el amor de juventud al pisar la estación atrapado por el pasado que contrasta con las transformaciones urbanas y la evolución de los pueblos, cambiantes hasta el punto de la inminente desaparición de la antigua estación. Clara siempre había sentido una fascinación especial por el tren y las estaciones, acordes con el temperamento emocional y los puertos marítimos. Los paisajes urbanos y rurales son en realidad las estaciones ferroviarias del tiempo: primavera, verano, otoño e invierno.
Un viajero vuelve a casa en tren desde una estación a punto de cerrarse después de perder el trabajo. Igual infortunio propició que una mujer marchara en busca de un mejor futuro dejando una hija en el pueblo con su hermana. De vuelta a los dos años, la niña y su hermana desparecen y se inicia una búsqueda infructuosa por las estaciones. La vida es como un tren que no se detiene. Otra historia de abandono y remordimiento es la de un perro perdido [Hanni] en un andén. Un chico toca la guitarra y una mujer canta a los viajeros. Sin articular palabra, Felipe se enamora de una cantante en el metro.
Las estaciones son evocación de esplendor y arquitectura. Edificios, casas con historia y testigos mudos que lucen grabados en paredes de piedra el nombre del pueblo. El reloj de los andenes es el medidor del paso inexorable del tiempo. Borbotones de imágenes resurgen ante la estación abandonada: La campana y la bandera que dan la salida, el factor, mujeres de luto, bártulos, el vestíbulo ocupado por transeúntes, una madre con un bebé, una pareja que se hace arrumacos, jóvenes ejecutivos, una señora elegante y enjoyada, indigentes, enfermos, y un anciano sentado que ve pasar la vida y el trasiego de maletas. Son bellas sensaciones del paso por la estación y descripción de toda clase de viajeros que forman una compleja fauna social.
La estación da un excelente ambiente para contar historias, a la vez que es centro del mundo y recuerdos de infancia, por donde pasan trenes veloces que escapan y son campo de amores olvidados, promesas y expectativas. El tren del tiempo pasa sin dejar rastro, y al final todos bajan de él. Toda una vida en la estación, entre la fugacidad del paso de los trenes, donde acudía el abuelo Carlos con andador el último día en que se derribó el edificio de su pueblo. Los recuerdos y la nostalgia del lugar le obligarán a volver cada día.
Después de la separación, un niño corre tras su madre que le grita desde el tren que se aleja dejando atrás al padre de quien se soltó de la mano. La maleta de cartón guarda el equipaje del emigrante que retornó pasados los años. Las estaciones fueron un día progreso, y otro símbolo de abandono, retroceso cultural y económico, y motivo del abandono del campo y la huida a la ciudad a costa de su decadencia y ruina. Son historias humanas de la vida.
II. LECTURAS.
La rutina de los viajes diarios y la monotonía encuentran en la lectura el mejor antídoto contra el aburrimiento y, a la vez, una excelente forma de vivir nuevas aventuras. Incluso el viaje en tren facilitaba la lectura del periódico del vecino y el libro servía de excusa en el galanteo y la seducción, aunque, a veces, que el amor ciego desemboca en celos obsesivos e iracundos con desenlaces violentos. En cualquier caso, el primer viaje que enamora es imborrable. El cortejo con libros y lecturas en el tren son también el atractivo de un idilio, la obsesión amorosa y el engaño.
La importancia de los libros en la travesía se mezcla en los preliminares de un viaje en tren. Inquietud y nervios a la espera del reencuentro con Verónica en la estación. Con ella, el jove se funde en abrazos. En otra parada, la estación se convierte en personaje de novela negra y cobra vida como narrador de cuanto pasa y de la historia de un crimen y el arrollamiento en la vía por motivos oscuros en las relaciones sexuales de un alcalde corrupto y farsante. A la contra, la estación es testigo del enamoramiento sincero entre un obrero y la chica de los bocadillos, y es que, en historias de amor, la estación es testigo de mil deseos y promesas. El tren facilita el reencuentro de los amigos, igual que cada año el mismo libro convoca en la estación a los jóvenes cautivados por su lectura.
III. ESTACIÓN DE PUEBLO.
Un aprendiz de maquinista, nostálgico del olor a humo y hollín en la estación de su pueblo y de recuerdos emotivos y sinceros acaba como maquinista de retroexcavadora. Su último trabajo fue la demolición de la estación donde vivió entre lágrimas, llantos y lamentos de los vecinos. Rosa se despide de la vida subiendo al tren de término en busca del amor de su vida, otro maquinista, con quien se reencuentra el último viaje mientras la vieja estación deja de existir. Es hora de abandonar la crueldad de este mundo. Otro viaje en tren a Madrid desde Mingorría para ser atendido en consultas varias y ortopedia se junta con en el trastorno y desgracia con el lamento por la demolición de la vieja estación. Entonces, en la crónica de la demolición de la vieja estación se agolpan recuerdos de su historia, y la desesperanza de los últimos viajeros cargados de maletas.
Felipe recuerda emocionado la antigua estación del pueblo con detalle del transcurrir de los días de un ferroviario. El vagabundo olvida en su memoria los paisajes y recuerdos de infancia en Mingorría, la estación es su hogar y el banco y caseta de guardagujas su casa, hasta que serraron el banco. Cuando volvió a su pueblo nadie salió a esperarle.
Una fauna humana deambula por la estación mientras en la duermevela de un pasajero aparece un mingorriano que guerreó en Peguerinos entre republicanos y sublevados franquistas. Años después, un joven regresa al pueblo desde el Aiún, donde hizo el servicio militar, con idea de emigrar Alemania en el tren Hendaya-París. «Un soplo de andén es un sueño cumplido, si veo Mingorría en el horizonte». Es verano y choca con la realidad de la desparecida estación. Mientras, en el vagón de tercera se cruzan miradas cautivadoras, perdidas, como la que provocó la muerte por una sopa fría que el asesino recuerda al divisar los berrocales de La Tusa.
El viaje es un resumen de vida unido al de la estación en el que se agolpan recuerdos de infancia, de idas y venidas, y de lamentos por su derribo. En la mencionada «Crónica de una muerte anunciada» se cruzan pensamientos e imágenes oníricas. Es el paisaje de un pueblo castellano. Es el recuerdo de un amor de verano. Valeria, sentada en el banco verde, espera la confesión del obispo el día de la muerte.
Un hijo de Teresa, mujer cantera, labra un capitel como recuerdo de la estación derribada de Mingorría. El abuelo Severiano fue picador en las canteras del lugar, de donde surtían balasto a la vía. La estación es testigo mudo de cuanto pasó a lo largo de su vida. La nieta, una escultora reconocida, vuelve para salvar el pueblo a través del arte, a la vez que espera la bendición del experimentado antepasado. Al mismo tiempo, una joven se resiste a perder el tren de la fama y quiere ser chica Almodóvar, aunque vive en Mingorría, cuya estación está convertida en escombros.
Una descripción sentimental y emotiva del gentío y viajeros que se dan cita en la estación ocupa ríos de tinta. Se amontonan la infancia, la escuela, los juegos, la nieve, el enamoramiento juvenil, los recuerdos de los abuelos de amor y maltrato, el reencuentro fugaz y la jubilación que posibilita la contemplación de la belleza del mundo. Las campanas que toca Evaristo anuncian los trenes al salir del túnel. Todos, niños y mayores corren a ver pasar el mercancías o el correo, y mirar quien sube y baja del convoy de pasajeros. Un día dejaron de sonar y cuando pasado el tiempo volvieron a oírse, nadie acudió al apeadero, solo se vio el acompañamiento de un entierro.
Un polizón se cuela en el expreso de madrugada, también una madre con su hijo. Miran asombrados por el paisaje, mientras esperan ser apeados en medio de un páramo, y volver a empezar. Un niño pierde a su madre arrollada por el tren, pero su presencia perdurará siempre. El ferroviario jubilado añora tiempos pasados ante la modernidad, y se conforta feliz tomando asiento de nuevo en el tren de vuelta a casa. Un viaje a la gran capital donde sufre un robo, motivo de vuelta relajado al pueblo de donde no tuvo que haber salido.
María se aposenta en el banco de la estación conviviendo con el personal de la misma (cantineros, maleteros, guardias, vigilantes). Espera la llegada del hijo que abandonó a la familia mientras mira a los que pasan. Y así, un día y otro. El anciano Anselmo sueña con el renacer de la estación a partir de una maqueta que el mismo ha construido después de la depresión en la que se había sumido por su derribo.
Una estación de trenes a escala es el mejor juego del mundo. La vieja estación semeja la de Mingorría donde se facturan y llegan las mismas mercancías que antaño lo hacían a este pueblo. Incluso en la maqueta hay una excavadora que actúa como brazo ejecutor del derribo del edificio principal de aquella estación en miniatura. La imaginación viaja para recuperar estaciones y un juego de engaños de escritora confunde a una periodista sin distinguir que un autor y su plagiador son la misma persona.
IV. ENAMORAMIENTO.
El tren y las estaciones son el medio y lugar de peregrinación de una maestra errante, perseguida por el recuerdo de los abuelos que encontraron el amor en un viaje en tren quedando unidos por un pañuelo y olor a espliego. Una foto antigua de los bisabuelos delante de la estación, donde el matrimonio estuvo empleado con honor y prestigio es el motivo de un viaje en el tiempo para descubrir aquella querencia. Para desgracia, también asaltan recuerdos de una mujer que buscaba el amor y encontró el dolor del matrimonio de conveniencia y malos tratos. Solo queda soñar esperando en la estación. Por su parte, Casildeta, aquejada de alzhéimer, al ver al revisor de la estación de Canfranc creyó ver a su marido ausente.
El anciano Gaspar sube cada día a la estación y observa la llegada del tren y sus pasajeros. Cuando era joven quedó prendado de una muchacha de vestido amarillo y sonrisa tímida con la que no cruzó palabra, en la que ahora piensa con emoción. Unos jóvenes enamorados juegan, se arrullan, se besan, se tocan, se acompañan, se despiden. A la mañana siguiente él aparece muerto en la estación, es el relato de una mujer argentina sorda y ciega que nos dejó conmocionados. Estaciones, lugares para olvidar y encuentro de dos almas solitarias que se funden en besos. Niños con su abuelo vigilan y cuidan de la estación abandonada, y se sobresaltan con una carta amorosa de despedida olvidada en la mesa del factor estremece a los guardianes de la memoria. En otra oportunidad llega una carta de un hijo a su madre que la traductora lee en clave de echadora de cartas a Lucía, mujer que limpia cristales en la estación.
Rebeca espera a que alguien le ponga una mano en el hombro, una mano dulce por primera vez en mucho tiempo. Visitar la estación los sábados es la rutina, y sentado en un banco revivir así la imagen de pesares, vidas y sueños, olores, pasiones, amor y amistad. «Volveré pronto» es el mensaje de la amada recordado por un interno del sanatorio mental al visitar la estación abandonada.
La estación es la coincidencia de Ana y Jaime durante años subiendo al tren sin hablarse, dos desconocidos con vidas paralelas que al final se reencuentran embelesados en un cruce de miradas acompañados de hijos de distintas parejas. Es el principio de una historia. Es la infancia entre raíles y locomotoras que paran en el pueblo, es el testigo mudo privilegiado de miles de vidas de viajeros.
Del embrujo, en el tren o el metro surge el amor con la mujer con la que coincide todos los días, lo que no ocurrió hasta el día de la graduación, en el que la fórmula de física y química dio con el enamoramiento en un tren infinito, también con el galanteo entre jóvenes surgió el inicio de una bonita amistad. El vendedor andaluz de telas catalanas conoce bien viajar en tren, trayecto semanal de Barcelona-Madrid, luego despedido. De regreso en tren, coincide con la mujer perfecta propagandista comunista ante un control policial que le estranguló el estómago de miedo. El tren no espera a nadie, ni tan siquiera al destino, por lo que el acercamiento, después de veinte años, a la mujer compañera de asiento fue el comienzo del verdadero viaje.
V. FANTASÍAS.
Los relatos fantásticos aportan visiones de otro mundo. Un pasajero se pierde en un retrete de un apeadero cuando el tren inicia su marcha. La puerta abre a un lugar de ninguna parte donde solo queda un anciano. Es el habitante de una cabaña que allí permanece después de perder el tren hace años. Es la estación del fin del mundo. En otro viaje mágico por la campiña andaluza, la luna hace de guía al son de Los cuatro muleros.
En un pueblo, el tren lleno de espejos se convierte en oráculo al que acuden los vecinos para revivir sus recuerdos, es como viajar en el tiempo. La obsesión hizo presa en los habitantes que se olvidaron de vivir. Al romperse los espejos flotan en el aire los más oscuros secretos, al tiempo que el tren parte con todos los recuerdos. Es la alegoría de la memoria y la muerte. El durmiente en el vagón de tercera se metamorfosea en un beatle (John Lenon) y entona la canción «Imagínate en un tren, en una estación»
Una avería obliga a los pasajeros a tomar una ruta a pie siguiendo una dirección desconocida indicada por la compañía ferroviaria. A la contra, otros toman un atajo distinto entre incertidumbres con destino a lo desconocido. Los fantasmas de los trenes que desaparecieron vuelven por un instante a la mente de Carmele mientras barre la estación silenciosa y sola. Un escritor famoso, hoy olvidado, mira el paso de los trenes desde la cafetería. Un extraño compañero le pregunta si cree en la muerte del alma. En realidad, es uno mismo el que se interroga sobre la naturaleza circular del tiempo. Extraña estación y extraños pasajeros del futuro.
Guimorcondo celebra la llegada del tren en 1863 sin florilegios por la caída de O’Donnell. En 2024 lucha por mantener su vieja estación de progreso, amores y desamores, lo mismo que se escribe de la estación de Ágreda. Y O’Donnell vuelve como un absurdo equívoco con un joven oriental que pregunta por la estación de metro. Mientras, en la estación de Puerto Real se lee a Mao, los astilleros están de huelga y un “mushasho” bebido maldice su mala suerte al perder el tren.
Tras un desengaño amoroso, Joaquín apesadumbrado y cansado se tumba en un banco de la estación. El sueño le invade y se despierta en otra distinta junto a una vieja locomotora de vapor en la que los pasajeros reviven los últimos momentos de sus vidas en el libro entre dos mundos pasando por la estación de los olvidados. Otra experiencia fantástica ocurre en el tren de muertos que parecen vivos pero que no sienten. Solo yo y mi soledad sabemos dónde estamos, hasta que un estallido nos lanzó a mitad del campo
Los trenes tienen un pacto secreto con el tiempo. Son extraños los ojos vacíos de los pasajeros, eran sombras que ocupaban asientos. La estación es uno mismo, un andén perpetuo de llegadas y partidas que no sucedían pues era el tren de la muerte. El último tren para aquellos que nunca verían la luz, y los viajes de ultratumba de los muertos en la curva de Angrois.
La estación, entre viajeros bulliciosos y restos de arquitectura fulgurante, es incluso refugio de dramas, como la muerte y los malos tratos entre los que hay atisbos de recuerdos felices. Es refugio ante la soledad y hervidero de viajeros. El túnel del metro también es refugio ante la destrucción de la superficie y degradación del planeta. La magia de las estaciones de atractiva visita. Las estaciones, transitorias y necesarias, un espacio entre puntos de partida y los destinos finales. Parada interestelar donde el personaje extraterrestre se mimetiza a su paso por la tierra con la promesa de un regreso eterno
Una parada accidental del tren y el cansancio propician un sueño profundo debatiendo con filósofos. Las estaciones son espacios diseñados para el aburrimiento o las mejores ideas. Una mujer, en un tren fantástico, ausente, si saber el destino, viaja en el vacío de la nada. Reflexión de quién soy y para qué sirvo como estación que soy. Busco un genérico que fielmente me defina: «Los destinos siempre encuentran el camino de regreso. No puedes escapar de quién eres». El tren sale para volver al mismo sitio de partida, no hay escapatoria. Metáfora de la vida del ferroviario que se jubila. «Los trenes siempre llegan a su destino».
El azar, es ese ente imaginario que previene quien morirá o se salvará ante un accidente ferroviario inminente. Sucede entonces que el último tren es el que hace el viaje de la muerte en una procesión de apuntados en la lista de un libro. Por el contrario, un fotomatón de la vieja estación de pueblo se convierte misteriosamente en una guía de vida a quien preguntar dudas sobre la misma.
VII. VIAJAR.
Viajar en tren es escapar de la rutina hacia la libertad y la fascinación. Viajar hacia la imaginación y la narrativa. Cada viaje es una historia dice un autor. Viajar en tren es mirar con emoción el paisaje, aunque otros prefieren mirar la tablet o concentrarse en el móvil como medio de escape en un viaje anodino. En medio de la conversación los viajeros comparten mate, viandas y evocaciones de ferroviario de toda una vida. Es la memoria de un anciano que se aferra a sus últimos recuerdos, una vez olvidados casi todos los demás. Es un repaso de vida familiar.
Un tren puede llevarte lejos, pero siempre deja algo atrás. Las estaciones son lugar de tránsito, de reposo y de incertidumbres del alma: No son solo de partida y llegada, sino principio y final de todo. No solo son lugares de paso, si no también umbrales de nuevas vidas y oportunidades. En cada viaje, en cada encuentro, hay una historia esperando ser contada. Así, Edurne comenzó su propio relato dispuesta a escribir cada capítulo a modo de diario con valentía y esperanza.
Estaciones que son cruce de historias y sentimiento que se agolpan en el viaje de Ana hasta la costa con la seguridad de que cada estación ofrece nuevas aventuras para ser contadas. Dos universitarios coinciden en el viaje diario en tren entretenidos en animadas conversaciones. Se habían hecho amigos, luego novios y luego esposos. Viajaron por Rusia en El Flecha Roja. En España en el Transcantábrico. El cáncer acabó con él.
VIII.- TIEMPO DE GUERRA.
Un tren cargado de vida y muerte de una guerra irracional atraviesa los campos de jornaleros al sol con hoces de siega. Un día, los segadores dejaron de oír la llegada del tren que humeaba ante el rugido de las ametralladoras. La guerra se había apoderado de todo. El fogonero y el maquinista -Sancho y Quijote- mantienen un diálogo a las puertas de la muerte en el sótano de la estación llameante por la guerra vencida por los franquistas, y la espía traicionera de su amante prosigue su viaje en tren.
Pasado el tiempo, una niña espera pacientemente la llegada de un padre que vuelve de la guerra mientras observa el trasiego de viajeros. La espera es esperanza infinita hasta que pase el tren en el que llegue el familiar y poder decirle: «te he echado de menos papá». Es el sentimiento y querencia del huérfano de madre y del padre encarcelado en la posguerra, cuya vida gira en torno al tren, como la de su padre y su abuelo. También la abuela, a las cuatro de la tarde, acude a la estación todos los días a esperar a su hermano Justo que nunca volvió de la guerra. En realidad, iba a llorar su muerte.
En los trenes de esperanzas y corazones rotos, de noticias de guerra y partidas de soldados, «solo el que abandona el círculo puede encontrar una salida», dice el abuelo, obsesionado ante la llegada del soldado aferrado a la batalla que no quiere despedirse de sus compañeros. Importan el viaje de vuelta y tristes destinos en la estación de Auschwitz. Mejor suerte tuvieron los que abandonaron Polonia al comienzo de la II Guerra en un viaje en tren con miedo y tensión atravesando Alemania a Suiza huyendo de los nazis.
Fue la despedida de la infancia a la que salvó un posterior reencuentro en el amor. Impresiones del otro mundo de una joven estudiante muerta en las escaleras de metro el 11M, pistoletazo de una nueva etapa de la existencia, es el relato ganador del concurso escrito por Víctor Valdesuério Bernabé con el título «Escaleras mecánicas».